20121106

Algún día vendrá

Cecilia iba a leer cada día al café que estaba cerca de su casa. Cambiaba de sitio sin problema, pero el que más le gustaba era el del rincón, de cara a la puerta. Las sillas no sólo eran de colores distintos, sino sacadas de aventuras distintas. Cuando entraba alguien que le pareciese simpático le sonreía con su mejor dulzura. No es que se le cayera la casa encima, sólo a veces, pero se estaba mucho mejor allí. Además ponían buena música y no demasiado alta. Le gustaba observar y ver a personas y gentes con humores e historias. Recogía el color de cada uno y eso le servía para ampliar el día. A lo ancho, me refiero. A sus setenta y dos años podía dedicar el día a lo que quisiera sin dar cuentas a nadie, aunque no había mucho que se le ocurriera hacer. Así la conocí, una mañana tomando un café. Le contaba cosas de mi vida, y ella las acogía con ganas, como si se tratara de una novela. En realidad no había nada espectacular, pero Cecilia se paraba en detalles que podían pasar inadvertidos -yo lo había puesto ahí como un anzuelo, está claro, la empezaba a percibir- y preguntaba por ellos.

Diría que tiene una atención poco común. Parece que no se entera, lo pienso cuando se repite a veces, o si pregunta cosas que ya le había explicado. Pero de repente una pregunta sobre ese matiz que salió en la historia hace días y en el que nadie repararía. Claro. Ella vive la historia en un lugar de su cabeza con un decorado casi exhaustivo y disfruta la luz del ambiente. ¡Cómo no va a olvidar algunos fragmentos del argumento! Me gusta. Las conversaciones en el café, y luego en mi casa, y en la suya, son espacios donde acomodarse y flotar libremente. Las palabras son los muebles de ese lugar tornadizo y bello. Es cautivador lo delicada que es. Una casa sin libros es el frío que entra dentro y se expande sutilmente hasta que te deja helado y te das cuenta de repente. Nos fuimos explorando y me dijo un día que yo, aunque tan discreta que no lo parecía, era la más loca de todas. Pero nos gustan los locos como nosotras. Es, sin duda, una esencialidad de nuestros días. Encontrar medio chiflados e ir bajando las gradas de su persona para recolectar trocitos de regalo para vivir. Termina la música y seguimos hablando. Dejamos de hablar y seguimos estando.