20120707

ya sólo quedan dos margaritas, tu y yo

Seguíamos las casas de colores pastel y ocres con la alegría de la decadencia hermosa de la piedra. Una esquina, otra calle, adoquines, ventanas, una puerta, otra puerta, otra esquina, otra calle. En lugar de andar brincábamos con la gracilidad propia del cervatillo. Y con esa ligereza llegamos al campo de trigo, amarillo y azul, vivo y seco, lleno de animalitos correteando que lucían sonrisas demasiado humanas. Los pocos que eran de color púrpura eran los más mágicos, se les veía en el brillo insólito de los ojitos que podían transformarse en cualquier momento. Pero ninguno lo hizo. Después de revolcarnos entre las espigas nos fuimos a la gran sala del silencio, donde todos esperábamos a que saliera el gran príncipe de Oriente. Cuando lo vimos aparecer con su vestimenta de tonos azules contemplamos la belleza de su piel morena y admiramos con respeto el don que desprendía su ser. Nadie osaba decir una palabra en la oscuridad de la habitación. Poco a poco fuimos marchando.

La abuela y yo caminábamos por las tejas rojas, a una altura considerable del jardín de la casa. Había un incendio un poco más allá, pero ya lo estaban controlando. El niño rubio, que ya no era tan niño, nos miró con esos ojos intensos y yo me sonrojé a la luz del atardecer. Soñar con el campo y estar en la ciudad. Estar en el campo y soñar con la ciudad. Pero el mar vendrá, o nosotros iremos, y refrescará nuestras sienes y mojará nuestros cabellos, los de ángel y los de león, y los cuerpos quedarán perlados de gotitas saladas que se llevarán el peso de unas vidas ridículamente intrincadas. No sé cómo te voy a ver cuando te vuelva a ver, o cómo te voy a mirar, esos ojos que no sé si me incomodan o me calman. Las lagartijas escaparán. Y el refugio quedará desierto de nuestras almas jóvenes y de nuestros mordiscos. Es ahora el instante en que el aire no se mueve, el de las posibilidades.


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