El pie izquierdo. No me lo siento. Está totalmente dormido por haber soportado casi todo el peso de mi cuerpo durante no sé cuanto rato. Me da igual perder el pie así, ensimismada observando a los bailarines que a sólo unos metros de mí tensan músculos inimaginables y sudan, consiguiendo la suavidad perfecta en el movimiento exacto en el momento preciso. Como dijo alguien, los bailarines son felices (bailando, se entiende). Son... eso es, cuerpos entregados al servicio de la belleza. Esa belleza sublime que dura instantes muy breves -ésos en los que comprendo qué es ser hombre donde y cuando sea y para qué existimos, si es que existimos para algo- que me van rescatando. Así que aun puedes ser grande, o enorme en la pequeñez de un salto a tiempo, de una sonrisa no pensada, de la manera de soltar el aire en un suspiro, de una mirada (in)voluntaria o de unas palabras que podrían fácilmente pasar inadvertidas. Claro que me consuela encontrar en un sueco de finales del siglo diecinueve un alma tan igual a la mía. Pero no sé a dónde me lleva eso. Por lo menos no me siento tan mediocre como ayer en el ballet.


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