Rincones amarillos del alma en ropa interior. Una mano en su espalda y aprieta un poco. Increíble lo que hace. Todo parece tan delicado que ella no se mueve. Sábanas y tinta. Esa tímida intimidad que no pueden verbalizar. Las rodillas tienen hambre. Después va a pensar que por qué cojones no le dió ese beso, y aquél otro. Pero tiemblan en el aire, y ella ya no lo escucha. Se asusta cuando aparece de repente, silenciosa. Los minutos son hormigas que mueren en la plácida alfombra. La ropa limpia para mañana es una tontería si va a ser feliz esta noche. Por la nariz se cuela el olor a irrepetible. Ahora no distingue los ojos, puede que sea observada por pelo. Algunas obligaciones flotan en la habitación con sordina. Si se pudieran dedicar más a las cosas bonitas... Ese codo, Dios. Siguen en susurros para que no termine el espacio en que todo es posible. Echar de menos su cuerpo pegado sucede un poco antes de que él deje la cama y la bese en la frente. Les dará miedo saber en mayúsculas qué desean más que nada. La ventana rezuma naranja. Donde mejor se está es al margen de lo normal. El peso de vida en ésos momentos se hace enorme y etéreo, el café comprende.

De vegades res no importa si és bonic. No les obligacions, ni la resta de món. Sentir bonic és massa irressistible...
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